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El material de los sueños

  • Foto del escritor: Laura Calle
    Laura Calle
  • 25 sept 2020
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 28 sept 2020

Los invito a disfrutar con los más pequeños la lectura de este bello relato y a dialogar en familia sobre las siguientes preguntas: ¿Estás de acuerdo en que el sueño es un material duradero para construir un palacio? ¿Por qué? ¿Qué hubiera ocurrido con el sueño de aquel hombre si hubiese perdido el entusiasmo? Cuando estás triste y desanimado ¿a quién buscas para que te ayude a recuperar el entusiasmo?




Sin haber deseado nunca una casa, aquel hombre se sorprendió deseando un palacio. Y el deseo, que había empezado pequeño, creció rápidamente, ocupando todo su querer con cúpulas y torres, fosos y mazmorras e inmensas escalinatas cuyos peldaños se perderían en la sombra, o en el cielo.

Pero, ¿cómo construir un palacio cuando es apenas un hombre, sin bienes ni riquezas? “Sería bueno si pudiera construir un palacio de agua, fresco y cantarín”, pensó el hombre mientras caminaba por la orilla del río.

Arrodillándose, hundió las manos en la corriente. Pero el agua siguió su viaje, sin que sus dedos la retuvieran. El hombre se levantó y prosiguió.

“Sería bueno si pudieras construir un palacio de fuego, luminoso y danzante”, pensó, frente a la hoguera que había encendido para calentarse. Pero al extender la mano para tocar las llamas se quemó los dedos. Y advirtió que jamás podría habitar en él.

Tal vez porque el fuego era caliente como el sol, le pareció verse niño, a la orilla del mar. Y, con el recuerdo, surgieron ante sus ojos los lindos castillos de arena que en esos tiempos construía. Ahora, el mar estaba lejos. Pero el hombre se puso de pie y caminó, caminó…

Es preciso un material más duradero para hacer un palacio. Atravesó la planicie, escaló una montaña. Se sentó en la cima y, en voz alta, con pausa, comenzó a describir el palacio que veía en su imaginación.

Salidas de su boca las palabras se aplicaban como ladrillos.

Salones, patios, galerías surgían poco a poco en lo largo de la montaña, rodeados por los jardines de las frases.

Pero no había allí nadie que pudiese oír. Y cuando el hombre, cansado, guardó silencio, la arquitectura pareció desdibujarse y poco a poco se deshizo.

Agotados todos los recursos, no se agotaba, sin embargo, el deseo y el entusiasmo. Entonces el hombre se acostó, se cubrió con su capa, ató sobre sus ojos el pañuelo que tría al cuello. Y empezó a soñar.

Soñó que unos arquitectos le mostraban sus proyectos, trazados en rollos de pergamino. Se soñó así mismo estudiando aquellos proyectos. Soñó luego los pedreros que tallaban piedras en las canteras, los leñadores que abatían árboles en las florestas, los alfareros que ponían ladrillos a secar. Soñó el cansancio y los cantos de todos esos hombres. Y soñó las mujeres que asaban el pan a ellos destinado.

Después soñó las fundaciones y el palacio, llenando el espacio del sueño con sus cúpulas, sus minaretes y sus cientos de escalones. Soñando, vio aún que la sombra de su palacio dibujaba otro palacio sobre sus piedras. Y sólo entonces despertó. Miró la luna, miró a su alrededor.

Continuaba solo, en la cima de la montaña ventosa, sin abrigo. No habitaba en el palacio. Pero éste, grandioso e imponente, habitaba en él para siempre. Y tal vez navegara silencioso, noche adentro, rumbo al sueño de otro hombre.

(Adaptación de “Un palacio noche adentro”, en lejos como mi querer y otros cuentos de Marina Colosanti. Editorial Norma)


Tomado de: Gente buena para un mundo mejor : poniendo en práctica los valores para darle un sentido ético a la vida - Bogotá : : Periódicos Asociados,, 2004. - 319 : il. a color

 
 
 

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